Siempre que hablo con él me lo paso francamente bien. Pep Sala es un gran artista pero, sobre todo, es un apasionado de la vida, de las culturas del mundo y de las personas.
Hombre de música, de muy joven se trasladó en Gran Bretaña en busca de lo que le interesaba. Una vez formado, volvió e irrumpió en la escena musical como un huracán junto a su gran amigo, el desaparecido Carlos Sabaté. Es difícil encontrar a alguien, no solo en Cataluña, que no conozca «Boig per tu», un auténtico himno para muchas generaciones.
Pero Pep es mucho más, aparte de tocar todas las teclas del mundo de la música (pianista, guitarrista, compositor, arreglista, letrista y productor) es un apasionado de la gastronomía y un gran cocinero y, últimamente, se ha adentrado también en la producción de documentales. Para decirlo en pocas palabras, Pep es una persona sencilla que hace grandes cosas.
Pep, ¿qué es para ti el hogar?
Para mí, es algo muy importante porque soy muy casero. Aunque por mi trabajo la gente puede pensar que estoy todo el día de una fiesta a otra, no es así. No necesito salir de casa.
Donde vivo, en la casa que compré ya hace 25 años, tengo de todo: mi jardín, mi huerto y un espacio fantástico para hacer música donde está el piano, las guitarras y el ordenador. Mi casa es mi mundo, mi universo, me puedo pasar horas y horas. Durante el confinamiento, tuve preocupaciones por la salud, el trabajo, el dinero, pero en ningún momento me sentí angustiado, como otras personas, por el hecho de tener que estar cerrado en casa.
Eres de Vic, ¿continúas viviendo y trabajando allí?
Ahora vivo en Taradell, aunque nací en Vic y, por tanto, soy de Vic. Como decimos en broma: «nací en Vic, pero ahora ya estoy bien!».
¿Cómo recuerdas la primera vez que escogiste una casa?
La primera casa que tuve fue una casa de campo. Era una masía pequeña, que habíamos cogido un grupo de amigos para pasar los fines de semana y el verano.
Con el paso del tiempo, la gente fue creando sus propias familias hasta que me quedé yo solo y decidí comprarla. Viví allí durante un tiempo, pero la verdad es que era un poco incómodo porque estaba muy arriba, a más de 900 metros, muy aislada y nevaba a menudo. Y pasó a ser una segunda residencia.
Por trabajo has viajado mucho, con grandes estadas en Inglaterra, en Estados Unidos… ¿Qué recuerdos tienes?
Sí, he vivido en muchos lugares. Cada cultura tiene su manera de hacer y esto también se ve reflejado en las casas.
En Inglaterra, por ejemplo, donde viví de muy joven, me llamó mucho la atención que no tuvieran persianas. Si quieres estar completamente a oscuras es muy complicado. Y tanto en Inglaterra como en Estados Unidos, así como aquí tenemos la cultura del ladrillo, allí tienen la de la madera. ¡De la madera y la moqueta! Cuando llegué en los años 80 en Gran Bretaña, incluso había moqueta en el baño. ¡Bastante poco higiénico!
Últimamente, he estado a menudo en Japón. Allí, las casas son muy pequeñas porque, especialmente en Tokio, el espacio es carísimo y un piso puede ser perfectamente de 25 o 30 metros cuadrados, no más. Eso sí, están muy bien pensados y en estos espacios tan reducidos lo tienes todo y con todos los lujos. Los tienen concebidos de una manera muy ingeniosa.
Tu estudio de grabación, Indi Studios, es como tu segunda casa.
Francamente, sí. Está a 15 minutos en coche de casa. Es un espacio muy grande, de unos 400 metros cuadrados. Tú ya sabes que a mí, aparte de la música, me apasiona la gastronomía y hace poco, he convertido un espacio del estudio que no utilizaba en un restaurante. Eso sí, es un restaurante de una sola mesa, donde me dedico a cocinar, especialmente, platos de la cocina japonesa.
Así que sí, podría decirse que es una segunda casa para mí. Ahí paso muchas horas y, incluso, a veces, estoy más horas en el estudio que en casa.
Hablemos del proyecto del restaurante, ¿cómo nació?
Lo llamamos Cal Taisho. Taisho es una palabra japonesa que mezcla dos conceptos: el de cabeza y el de maestro. El nombre salió a raíz de un proyecto maravilloso vinculado al restaurante Mibu de Tokio, en el que tengo la suerte de participar.
El Mibu es un pequeño restaurante con una única mesa para 8 comensales que ha sido, posiblemente, el restaurante más influyente en la cocina mundial en las últimas décadas. Es un lugar de peregrinación de las grandes estrellas del mundo gastronómico, con nombres como Ferran Adrià, José Andrés o los hermanos Roca, entre muchos otros. Ferran Adrià lo definió muy cuidadosamente: «todos los cocineros del mundo cocinamos por los sentidos, por el gusto, por el olfato, por la vista. Al Mibu cocinan por y para el alma».
Además, tengo la suerte de participar en un documental que estamos haciendo sobre el restaurante y, este último año, he estado tres veces en Tokio y he podido conocer al señor Ishida y a su mujer, los propietarios y directores. Para el personal del Mibu, el señor Ishida se le conoce por el nombre de Taisho.
Tu faceta de cocinero y experto culinario no es tan conocida como la musical. ¿De dónde la sacaste?
Me viene de muy pequeño, en concreto de mi padre, que era un auténtico gourmet y un apasionado de comer bien.
Cada uno tiene sus aficiones y, al igual que hay gente que se gasta el dinero yendo a ver al Barça, yo me los gasto yendo a restaurantes y los mercados a comprar buenos productos. Y es que de la cocina me gusta todo: desde pensar lo que haré, ir a comprar, cocinarlo y, como no, comérmelo. Eso sí, siempre compartiendo, porque una de las gracias de la cocina en muchas culturas es que es algo pensado para compartir.
Para mí, la peor comida del mundo podría llegar a ser un caviar Beluga 000, si tengo que comerlo solo. Es mucho mejor un pan con tomate y fuet compartido con gente que quieres. Soy de los que piensan que la gente es el principal ingrediente de la cocina.
¿Qué es lo que más valoras cuando buscas una casa?
De hecho, ahora hace muchos años que no busco ninguna. Pero creo que debe ser intuitivo. No soy el tipo de persona que visita un montón de casa. A todos los pisos y casas en las que he vivido, ha sido porque me ha surgido la oportunidad por alguna circunstancia.
Por ejemplo, cuando decidí que quería vivir cerca de Vic, pregunté a un amigo constructor y, a los pocos días, me dijo que había una casa en Taradell, que la había construida tiempo atrás y que estaba en venta. La fui a ver, me enamoré, y me la quedé.
De mi casa valoro mucho la tranquilidad y el jardín con los árboles y el huerto. Quizás es un poco fría, porque donde vivo hace mucho frío, ¡pero los que somos de la zona ya estamos acostumbrados! Es una casa de tres pisos, con una gran sala que en teoría es el comedor, aunque a mí no me gustan los comedores. Creo que en la mayoría de las casas se hace vida en la cocina y el comedor solo se utiliza dos o tres veces al año y, por tanto, no me gustan los comedores. Por eso, tengo una cocina muy grande, con una mesa para comer y una despensa.
¿Te ves dejando la montaña para vivir cerca del mar?
El mar me encanta, me enamora y es de las pocas cosas que me podría hacer cambiar de lugar. Sin embargo, mi hábitat natural es la montaña, es donde nací y donde crecí, aunque el mar también me haga feliz.
Y a ti que te gusta conocer nuevas culturas, ¿alguna vez te has planteado de irte a vivir en un país lejano?
¡Sí, claro! Soy muy cotilla y una de las grandes cosas que tiene la humanidad son las diferentes culturas. La vida me ha llevado a muchos lugares y, cuando vivía en Inglaterra en los años 70 y 80, hice muchos vínculos con gente de la India, por ejemplo. Intenté aprender todo lo que pude de su cultura y su gastronomía.
Y de rebote, me llevó a conocer el mundo de Nepal, del Tíbet, que me cautivó. Creo que podría vivir en cualquier lugar del mundo.
¿Qué te llevarías de otras culturas para hacer tu casa más acogedora?
Cada cultura tiene sus cosas para hacernos la vida, y el hogar, más acogedores. De cada cultura, seguro que encontraría algo para llevarme.
De Japón, sin duda, los cuartos de baño. Son una maravilla, tanto en las casas como en los hoteles, en todas partes. La iluminación del espacio es sencillamente perfecta. Y de otros lugares, de Gran Bretaña, por ejemplo, me quedaría con la madera de las casas, con el crujir de las escaleras, el calor que da.
Volvamos a tu casa. ¿Eres de casas minimalistas o repletas de muebles?
Bastante minimalista, diría yo. No me gustan las casas muy recargadas y pienso que todo lo que haya debe tener una razón de estar allí. No debe haber nada para llenar.
¿Tienes algún objeto que siempre te hayas llevado en todas tus casas?
Sí, ¡unos cuantos! La guitarra, por supuesto, pero también otras cosas de decoración que siempre me acompañan. Por ejemplo, en Gran Bretaña me regalaron un buda fantástico que va a todas partes conmigo. ¡Somos dos! Pero no es por un tema de superstición, es porque son parte de mí.
¿A la hora de decorar, eres más de tonos cálidos o fríos?
Empecé con colores blancos y poco a poco me he pasado a los tonos más cálidos. Me gustan los colores orgánicos, los terrosos, aquellos que me recuerdan que formo parte de la tierra, del planeta. Me gusta mucho la madera, la piedra. En definitiva, todo lo conectado con la naturaleza.
Eres muy ordenado… ¿o tienes tu orden?
Es difícil de decir, ¡es muy subjetivo! Diría que soy una persona ordenada, pero sin caer en la obsesión.
Y ahora sí, tu rincón favorito de casa es…
¡Tengo más de uno! La cocina me encanta porque la diseñé tal como yo la quería, con todos los detalles. También me siento muy a gusto en el pequeño estudio de casa. La cocina quizás es un espacio para compartir y el estudio es mi mundo más privado.